miércoles, 9 de marzo de 2011

MI RELATO PARA EL CONCURSO HECHIZADOS, DE KAROL SCANDIU...


Más que bella.

Hace mucho tiempo, tal vez miles de años, miles de milésimos, no recuerdo exactamente, en un remoto lugar de Inglaterra había un bosque, un bosque encantado… ya no lo recuerdo muy bien… porque era muy niño, y esta historia me la contó mi abuelo, antes de ir a dormir. Sí, Matt, así como yo estoy contándotela a ti ahora.

Pues, te decía, que en aquel bosque, uno podía entrar con la plena luz del día, y jamás hubieses visto ni imaginado que habitaban unos seres pequeños, del tamaño de mi mano, que tenían pequeñas alas y volaban echando lucecillas doradas, como el polvo que dejarían las estrellas fugaces, o los cometas. Tenían alas como las de las mariposas, y si alguna vez vieras una de esas criaturas, lo más probable es que las confundas con una de ellas. Confieso que me gustaría toparme con una. Si, Matt, las famosas Hadas. Las de los cuentos, las hadas madrinas, las hadas de las flores, la reina de las hadas,¡ hay tantas clases de ellas!, pero ¿ has conocido alguna vez algún hada que no sea buena?, ¿no?, yo tampoco, pero mi abuelo me contó que en aquel bosque había un hada bastante presumida, centro del pequeño universo en el que habitaba, no respondía al patrón de las hadas normales, las hadas buenas que ayudaban a los demás, que buscaban el bienestar de las personas, y de los seres humanos, cuando éstos requerían de sus servicios. No temas, no era mala, su nombre era Lami.

Lami habitaba el bosque encantado, muy adentro, muy profundo, muy lejos del contacto humano, vivía, como algunos, en una flor de cala, otros vivían en una rosa, o a veces en una hortensia. Pero vivir dentro de una cala era símbolo de prestigio. Porque era una flor enorme, para las hadas eso era como una gran mansión. Uno podría dormir mucho y muy cómodo dentro de una flor como esa. Aunque para nosotros los humanos, suene extraño. Y Lami era feliz en su flor de cala. Todas las mañanas se levantaba perezosamente batiendo sus pequeñas alas plateadas, para tomar energía, se acomodaba su vestidito de lavanda, se calzaba sus zapatitos de gotas de rocío, y se miraba en el reflejo de la gota de agua a punto de estrellarse contra el césped. Y se admiraba, era muy hermosa, tenía ojos rasgados y color violeta, en las hadas es muy difícil tener ojos de ese color, significa que eres especial, porque en un pasado tu árbol genealógico de hada ha sido cruzado con otra especie, pero ha prevalecido la suya. Su cabello era rubio, del color del trigo, ¿conoces el trigo no?, con el trigo se hace la harina del pan. Pues de ese color tan luminoso era el cabello de nuestra protagonista. Se lanzaba un pequeño beso al aire, aprobando su atuendo, y salía a recoger su desayuno, con su canastita de bicho canasto. ¿Qué comen las hadas Matt?, vaya pregunta, me sorprende que no lo sepas, las hadas en general se alimentan de néctar y polen, como las abejas, son grandes rivales. No estoy seguro de que fabriquen miel… comercian con las abejas, pero fabrican joyas de miel. La miel es como el ámbar, tiene un hermoso color dorado, al endurecerse, puedes pulirlo con piedrecillas, darle formas, hacerles agujeritos… o cuentas… y fabricar las joyas, en realidad, sólo las hadas pueden lograrlo, los humanos no, nosotros nos comemos la miel porque no sabemos utilizarla para crear cosas bonitas.

Lami recorría el jardín del bosque con prestancia, era una de las plebeyas más elegantes, en general, las demás no sentían celos o rencor por las otras, pero con Lami era diferente, ella se ganaba la rabia de las demás. Las observaba con altanería, su naricita respingada se elevaba de forma vanidosa, se acomodaba su pelo coquetamente, y continuaba, recogiendo flores y néctar. O comprando en la tienda del viejo cascarudo las joyas de miel. Se sentía especial, especial por su origen, especial por su belleza, irradiaba un aura de inmensa autosuficiencia.

¿Era buena Matt?, debemos de creer que sí, pero cuando uno reúne muchas cualidades físicas que se realzan por sobre cualquier otra virtud, es difícil equilibrar todas, porque nos termina ganando la que es superior, Lami no habría tenido oportunidad de hacer amigos, ni de sentirse querida por los demás, porque con solo observarse cada mañana frente a su reflejo, se mostraba puro amor a sí misma, y le alcanzaba. En su pequeño corazón de jazmín no había lugar para una amistad, o para el amor, a no ser que fuera el de Él.

Los mejores vestidos de pétalos los conseguía siempre Lami, los zapatitos de rocío, o de punta de pistilo, o de luz de luciérnaga, eran para ella, nadie copiaba su modelo, estaba asegurada en el monopolio de la moda del lugar. Eso le aseguraría un buen candidato para que fuese su compañero de flor, a menos así lo creía, aunque, era muy joven para pensar en eso todavía. Pero de ser su candidato favorito, sabía quién era el único que estaba a su altura, je, je, si Matt, una altura pequeña, el único capaz de arrancar los suspiros de todas las jovencitas del lugar, el Príncipe del Jardín.

Más allá del claro del Bosque, habitaba el Príncipe, que como no podía ser de otra manera, era muy apuesto, era de sobra sabido que Lami le robaría el corazón con su extraordinaria belleza, o eso era lo que se comentaba. Pero la realidad, nieto mío, es que el Príncipe tenía un extraordinario don de observar las actitudes de sus súbditos, de ver su bondad más allá de su belleza aparente. En el fondo de su corazón soñaba con encontrar una hermosa hada doncella que fuera benévola y caritativa con sus pares. Una compañera. Y, como bien sabes también, para conocer una damisela, organizó un baile. El Baile del Jardín. A la luz de las estrellas, de la luna llena, en el claro del estanque, sobre los nenúfares y las flores acuáticas, la orquesta asentada en el medio, y la pista de baile sobre el reflejo del agua. Brillando, brillante, luces de colores, luciérnagas sobrevolando el lugar, farolitos transparentes colgando de las hojas de los arbustos, clima de fiesta. Un sueño hecho realidad, un baile para recordar, el baile en el que estaba seguro de conocer a su propia esposa, su princesa.

Je, je je. Seguramente te estás imaginando cómo se habrá puesto Lami al enterarse de la noticia, ¿no?, apenas los mosquitos pasaron por toda la corte anunciando el evento, Lami sobrevoló el cielo en busca de un vestido perfecto, antes que las demás, antes que se adelantaran, antes que todo. Debía ser perfecta, debía… su cabecita pensaba aceleradamente por donde debía buscar. De repente, y como si ese pensamiento le hubiese atravesado la mente, sus chispas doradas de la estela se cortaron así, de improviso, y tuvo una idea. Una idea descabellada. Y arriesgada, pero era la solución a sus problemas. Si quería conseguir que el príncipe quedara rendido a sus pies, el único vestido más hermoso y mas trabajado que se le pudiese confeccionar, lo conseguiría de Alapta, la araña bruja, aquella que habitaba dentro del hueco de un viejo sauce, un lugar oscuro, mugriento, silencioso, un lugar donde los huesos se te cristalizaban del miedo ante el susurro macabro que exhalan las hojas… pero Alapta tenía reputación de haber confeccionado el vestido de la reina. Y, como resultaría familiar, un vestido casi igual, similar, al de su propia madre… Lami supuso que el Príncipe adoraría tal detalle, aunque ella misma nunca hubiese visto cómo era aquel vestido que se convirtió en leyenda.

Y rió ante su idea. Era exclusiva. Era original. Era… peligrosa. ¿A cambio de qué la bruja le confeccionaría el vestido más hermoso del Reino? Antes de temerse a ella misma y a su plan, se dijo que podría lograrlo cueste lo que cueste. Entonces, al atardecer de ese agitado día… partió hacia el Oeste, hacia el sauce negro, atravesando la oscuridad, que era tenebrosa, vigilada por los búhos con sus grandes ojos amarillos, los murciélagos se balanceaban de las ramas de los pinos, las telas de viudas negras tejidas que le interferían el paso, jamás se imaginó que el camino fuera tan escarpado, lleno de obstáculos y sucio. Su vestidito de pétalos de flores se rasgó al atravesar unas ramas con espinas, y perdió uno de sus preciosos zapatitos por el camino. Tal vez, pensó, no hubiese sido tan buena idea meterse con una bruja y su bosque, tal vez, podía darse la vuelta y regresar a su casa. Pero al hacerlo, las ramas le cerraron el paso a su camino. Era demasiado tarde. Y el sauce estaba a medio metro… afrontaría entonces, con temor, las consecuencias de su decisión.

Sus pequeñas alas la llevaron hasta el agujero, Lami no se dio cuenta de que estaba temblando, y sangrando, porque las ramas le habían hecho pequeños cortes por todo su cuerpo, y, escuchó al traspasar la puerta, unas pequeñas agujas que se entrechocaban, de metal, eso parecían. Como si la araña estuviera tejiendo. Llamó varias veces a Alapta por su nombre, pero solo se escuchaba el entrechocar de esas agujas. Lami tropezó con algo, pegajoso y suave a la vez, con sus piecitos ya desprovistos de zapatos, cuando vio dos terribles ojos negros como azabache, clavarse por fin sobre ella. Y allí se aseguró de que había cambiado de opinión, aunque era tarde. Sí Matt, Lami sintió mucho miedo dentro del agujero, se había arriesgado demasiado, por un simple vestido.

Con una voz profunda, y aguda, Alapta le preguntó qué es lo que quería un hada tan bonita y joven en ese lugar tan asqueroso donde ella vivía. Y Lami entonces confesó con vocecilla trémula que necesitaba un vestido hermoso, que quería cautivar al príncipe con él. Casi le pidió un hechizo de amor, pero confiaba en su propia belleza, era justo lo que le faltaba, un vestido. Y la araña, ni lerda ni perezosa, adivinó entonces el deseo del hadita. Le propuso confeccionarle un vestido con hilos de miel. Un hilo tan fino, resistente y atractivo, que nadie jamás acertaría a copiar un modelo igual, lo importante no era entonces el diseño, sino el material del que estaba hecho. Único en el mundo… ya que, la miel era utilizada como alimento… o… ¡bien Matt!, para fabricar las joyas de las hadas. Entonces tendría un valor incalculable. Lami no pudo resistir la tentación de conseguir un atuendo tan exclusivo. Sí, sí y sí. ¿Cuál era el precio de semejante tesoro?

Alapta, la bruja araña entonces le contestó, “esos hermosos ojos violeta”. Y su terrible risa resonó en todo el hueco del sauce, saliendo al exterior. Era demasiado tarde para escapar, la noche aprisionó a Lami y su miedo en aquel lúgubre lugar, y cuando el sol despuntaba, ella salió volando, demacrada, pero con un paquete bajo el brazo. No se había quedado ciega, no te preocupes Matt, todavía podía ver un poco, pero sus lágrimas le cortaban la visión.

El barrio de calas era un jolgorio, pues todas estaban en los últimos preparativos para el gran baile. Pero Lami ya no tenía en realidad tantas intenciones de asistir, porque había perdido un tesoro mucho mayor que un vestido hecho con el hilo de miel, perdió el color de sus preciosos ojos. Ahora no era más que un hada vulgar, con un vestido lindo, que incluso no le pareció tan brillante como hubiese imaginado que era…

De noche, una fila de numerosas luciérnagas, condujeron a todas las señoritas al Baile del Jardín. Mientras el príncipe esperaba ansioso desde su balcón real, las observaba a todas bailar y divertirse, y todas parecían iguales…

Todas, excepto una muchacha, de alas un poco caídas, un vestido elegante, pero de color llamativo y mirada triste, con sus ojos negros, comunes, como las de las hadas en general. Solo había algo en su mirada… que al príncipe le dio lástima, porque parecía no querer estar en el baile. Y esa hada era Lami. Su apariencia era igual a la de todas, pero su expresión era única. El se acercó a ella para preguntarle por qué tenía ese gesto tan triste. Nada más verlo, ahí, como lo había deseado eternamente, la atormentaron de gran manera y rompió a llorar desconsolada, levantando vuelo y alejándose para siempre, a las afueras del castillo. El no podía salir de su asombro e intrigado cómo estaba, la siguió.

¿Cómo podría levantarle el ánimo? Comenzó a cantar una canción de amor, con su voz clara y seductora. Una voz que incluso Lami no podía evitar. Y cayó prendida del Príncipe del Jardín. El no estaba admirando su beldad, ni su vestido, solo su mirada, que de tan triste, era tan bella. Casi como un embrujo de amor, y así, cuando ella le contó que había dado su mayor tesoro por un vestido, él se apiadó de su coquetería, pues por ganar una cosa, había perdido otra que al fin era mucho más valiosa.

Cuando el baile acabó, al amanecer, Lami se despidió de su Príncipe, feliz, porque él, a pesar de las apariencias, la había aceptado. Entonces, decidió obsequiar su vestido, pues no lo necesitaba, nunca lo necesitaría, el valor venía de la confianza en sí misma, no de un vestido caro. Cerca de su hogar, encontró a una pequeña hada que tenía un puesto ambulante de golosinas dulces. Lami nunca le había comprado nada porque lo consideraba perjudicial para su silueta, pero esta vez, lejos de toda petulancia, se acercó suavemente y le obsequió con un paquete cerrado, con una sorpresa. Además, se llevó esas esferas rojas de caramelo con azúcar tan brillantes y que siempre había deseado probar. Agradecida, la vendedora le obsequió con chocolates, un tesoro casi desconocido en el Reino del Jardín.

Hacer un bien a otra hada la gratificó de gran manera. Por primera vez estaba dejando de lado el egoísmo y la vanidad por otro sentimiento, el de la caridad y la compasión. Perder un vestido, que era algo material, y que encima no lo había obtenido en buena ley, sino a través de un chantaje, le demostró que la vida era mucho más que eso, y que iba mucho más allá también. ¿Qué crees Matt?, de esa manera, conquistó al Príncipe… aunque nunca pudo recuperar sus hermosos ojos violeta. Ni castigar a la bruja por su maldad. Claro, es que el error lo había cometido ella, Alapta siempre será lo que es, una araña bruja, y como tal, seguirá engañando a sus víctimas con hechizos. Y Lami, bueno, Lami ha aprendido muchas más cosas a través de esa experiencia negativa, que enseña para toda la existencia.

Pero la vida devuelve recompensas por nuestros actos y redenciones. El primer hijo del Príncipe y el hada Lami, heredó esos añorados ojos del color de la uva negra, sorprendiendo a todo el reino, porque, ¿quién sino la familia de la madre tenía tan alto linaje?

Buenas noches, mi nieto. Hasta mañana.

2 comentarios:

La Costilla del Faraón dijo...

Muy grande!
Enhorabuena

Matt dijo...

me gusto mucho¡¡¡¡¡ excribes muy lindo¡¡¡¡

Besos

PD : estoy en tu historia??? O_O